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jueves, 13 de diciembre de 2012

Memória histórica.

Últimamente, parecía que la história era parte del pasado, cómo nos intentaba hacer creer "Francís Fukuyama" el fin, significava un mundo globalizado, delocalizado y sin lucha de clases, ahora bien, el estallido de la Gran crisis económica que empezó con la caida del Banco Lehman Brothers en 2008, nos retrotrae, y nos zambulló de un golpe, a épocas ya superadas, miedo, incertidumbre y lucha por lo más básico, por la alimentación, por la democrácia y por las libertades!

La humanidad buscarà nuevas soluciones? cambiaremos el paradigma, el marco de estructura sistèmica? o simplemente los poderes fàcticos utilizaran sus viejas armas para doblegar los anhelos de la mayoría? 
En fin, el fin de la historia se muestra como un arquetipo inventado, pretendía dar legitimidad al dogma instalado " el neoliberalismo" un liberalismo como vemos por ejemplo en el inicio de la primera guerra mundial que nos llevó a un tràgico escenario, a continuación las palabras del gran historiador Marc Ferro:


Larga, dolorosa, mortífera, la Gran Guerra mostró cómo se mataban unos a otros millones de hombres que todavía la víspera juraban ‘guerra a la guerra’. Fueron compañeros de armas de aquellos a quienes acusaban de ser militaristas, patrioteros, belicistas, e igualmente de millones de otros hombres que hicieron la guerra por deber o incluso sin saber muchos por qué”. Así comienza este magnífico libro del historiador francés Marc Ferro sobre la que iba a ser la “última de las últimas” guerras, la guerra en la que se jugaba el destino de Europa, pero que sin embargo había comenzado con el magnicidio de un archiduque austriaco en Sarajevo que nadie –ni siquiera su tío, Francisco José, o quizás el menos aún que otros- sintió especialmente, y que costó la vida a veinte millones de seres humanos.

La de 1914-1918 fue una tempestad que conmocionó los cimientos de aquela Europa de la Belle Epoque que había estado jugando al tenis junto a la pérgola y gustado de las ventajas del progreso y de la industrialización, pero que llevaba dentro, como un cáncer, la misma mecha que encendió el conflicto: competencia entre estados, colonialismo, planes de dominio a escala continental, viejas rivalidades étnicas y territoriales, etcétera. Cuando en 1918 las armas callaron por agotamiento, el Imperio Austro-Húngaro estaba en proceso de demolición, la revolución bolchevique había triunfado en Rusia, Estados Unidos ratificaba su estatus como potencia mundial y los problemas y resentimientos que provocarían el ascenso del fascismo estaban a la vuelta de la esquina: un cabo llamado Adolf Hitler estaba en Munich con una mano delante y otra detrás sin saber bien qué hacer con su odio, aunque pronto le encontraría un rinconcito en la mente de los alemanes.

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